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lunes, 10 de septiembre de 2007

Junichiro Tanizaki decía que extrañaba el pincel menos sonoro que la pluma;
los objetos de metal opaco;
el cristal empañado y el jade turbio;
el reguero de hollín sobre los ladrillos;
la pintura de madera que se descarapela;
las huellas de la intemperie;
la rama rota, la arruga, el dobladillo descocido, el seno pesado;
el desecho de un pájaro en la barandilla;
el fulgor insuficiente y silencioso de una vela para la cena o la de la linterna suspendida en

el marco de la puerta de madera;
el pensamiento más libre o alelado o confuso que sube a la cabeza humana cuando se

refugia en la sombra, mientras que el alma se dirige a la frontera de los dientes;
la voz más baja y vacilante que acompaña a la ceniza del cigarro sobre la que se posan los

ojos;
el gusto más persistente de lo que se come y la impresión menos obsesiva de la forma y

color de los alimentos conforme envejecemos -la cocina que se une progresivamente a la
sombra del cuerpo al que ella alcanza.

*


Pascal Quignard