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jueves, 16 de agosto de 2007

edmond jabès

Contrariamente al pájaro, el libro muere con las alas desplegadas.
La palabra debe su fuerza, menos a la certeza que ella marca, al articularse, que a la carencia, al abismo, a la incertidumbre de su decir.

(–¿A partir de qué momento podemos declarar que hemos entablado un diálogo?–Quizá en el momento crucial en que el universo ya no es nada.)

Nunca seremos dueños de los horizontes.

("La diferencia entre nosotros, decía, es la siguiente: Tú crees firmemente en una verdad reconocida, mientras que la que a mí me fascina, nunca se ha preocupado por ser reconocida.")

Transparentes son los muros del tiempo.

–¿Qué es un extrajero?
–Aquel que te hace creer que estás en tu casa.

(La escritura es violencia en sus esfuerzos por transigir con el vacío. Ahí radica su desesperación.
La réplica de Caín: "¿Acaso soy el guardián de mi hermano?", podría traducirse como, "¿soy acaso la palabra de mi hermano? ¿No tengo derecho a expresarme yo también?" Abrazar la palabra del otro es, de cierta manera, renunciar a la propia. Violencia contra violencia. El verbo es generador de conflictos. Es la expresión agresiva de nuestra condición finita.)