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jueves, 23 de agosto de 2007

Recordatorio

ESCRIBE SCARDANELLI

Prohíbe al llanto diluir la fuerza de los deseos más íntimos.
Trae contigo tijeras para cortar de raíz hasta el otoño si es preciso.
Le he ordenado a mi lengua convertirse en río para que
en sus hondas sumerjas tu cabello. Le he dicho transfórmate en
montaña para subir a ella y en esquila, con el fin de escucharla
antes de los sermones.
Si una serpiente te rodea los tobillos, no imagines el vértigo de
la caída: es mi lengua.
Cuando el banquero Gontard te dé un lienzo que se anude
a tu cuello, no creas en la liberación por asfixia: es mi lengua.
Impide la presencia de la duda. Corta esa prolongación rosada
si te oprime tambien el pensamiento.
Córtala, písala, muérdela. Arrójala sin miedo a la gavilla de
poetas callejeros.
No importa. Porque a mi voz, al no ser músculo de agradable
temperatura, no podrás silenciarla ni en la más jubilosa de
tus ensoñaciones. ¿Por qué habrías de privarme de alabanzas?
Deja a Scardanelli lo único sagrado que los dioses le dieron.
Mi lengua tiene vida propia.
Después de muerto he de seguir cantando.


Francisco Hernández. Moneda de tres caras.

lunes, 20 de agosto de 2007

(N. del T.)

¿Cuándo soplaría el “viento divino”[1]?

[1] Lit. Kamikaze. Se refiere a las tormentas que hundieron gran parte de la escuadra mongol cuando ésta atacó la costa noroccidental de Japón en los años 1274 y 1278. Gracias a aquel “viento divino” la invasión fracasó en ambas ocasiones. Los japoneses vieron en las tormentas señales de la protección que los dioses dispensaban al Santuario de Ise. El mito del Kamikaze nunca fue olvidado por los japoneses quienes, durante la Guerra del Pacífico, lo aguardaban con la esperanza de que destruyera la flota americana. En octubre de 1944, cuando ya era evidente que la armada japonesa no podría impedir el desembarco americano en Filipinas, cinco pilotos japoneses realizaron el primer ataque suicida contra barcos de guerra americanos. Los pilotos suicidas se auto inmolaron con la mente puesta en el “viento divino” que había salvado a Japón (N. del T.)

domingo, 19 de agosto de 2007



otro muro, libro abierto, transparente?...el pájaro está adentro.

jueves, 16 de agosto de 2007

edmond jabès

Contrariamente al pájaro, el libro muere con las alas desplegadas.
La palabra debe su fuerza, menos a la certeza que ella marca, al articularse, que a la carencia, al abismo, a la incertidumbre de su decir.

(–¿A partir de qué momento podemos declarar que hemos entablado un diálogo?–Quizá en el momento crucial en que el universo ya no es nada.)

Nunca seremos dueños de los horizontes.

("La diferencia entre nosotros, decía, es la siguiente: Tú crees firmemente en una verdad reconocida, mientras que la que a mí me fascina, nunca se ha preocupado por ser reconocida.")

Transparentes son los muros del tiempo.

–¿Qué es un extrajero?
–Aquel que te hace creer que estás en tu casa.

(La escritura es violencia en sus esfuerzos por transigir con el vacío. Ahí radica su desesperación.
La réplica de Caín: "¿Acaso soy el guardián de mi hermano?", podría traducirse como, "¿soy acaso la palabra de mi hermano? ¿No tengo derecho a expresarme yo también?" Abrazar la palabra del otro es, de cierta manera, renunciar a la propia. Violencia contra violencia. El verbo es generador de conflictos. Es la expresión agresiva de nuestra condición finita.)

lunes, 13 de agosto de 2007

lunes, 6 de agosto de 2007


Cette histoire est maintenant dèja passé.

miércoles, 18 de julio de 2007

"los frescos son resúmenes trágicos de libros" (villa de los misterios)


lo suspenso


pág. 57, segundo párrafo

El sexo está vinculado al espanto. En Apuleyo, Psique se pregunta (Las metamorfosis VI, 5): ¿En qué noche (tenebris) puedo ocultarme (abscondita) para huir (effugiam) de los inevitables ojos(inevitabiles oculos) de la gran Venus (magnae Veneris)? Lucrecio habla de un deseo desasosegado, de un deseo espantoso (dira cupido),y define la cupiditas de ese deseo como la herida secreta (volnere caeco) de los hombres. (Pascal Quignard)

jueves, 12 de julio de 2007

viernes, 22 de junio de 2007

Requiem de Junio (V), por Salvador Elizondo

Los Dioses me son desconocidos;
sólo sé que los ángeles están presentes
para dar testimonio de la obra de los dioses.
En el florecimiento de la rosa
y en su muerte;
en el advenimiento de la palabra
y en el silencio inerte;
en el curso del tiempo
ante los ojos sorprendidos;
en el azoro de las aves
que anidan en las grietas de las ruinas
y en su vuelo;
en la desdibujada silueta del viandante
que nos reclama el vino en la mitad del sueño;
y en la muerte
que deja la palabra suspendida,
el vuelo, trunco,
la frase sin sentido...
En todo ello
Están.

Requiem de Junio (VIII), por Salvador Elizondo

El Tiempo Y El Cadáver
se encontrarán en el espejo.
No digas las palabras
que aprendiste a lo lejos.
Un ángel, mientras duermes,
te ronda con su nube de silencio
y el gato se distiende en tu regazo
como un oscuro y palpitante sexo.
Si aprendes a leer
la palma de tu mano,
podrás imaginarte asesina
sobre un tablero de ajedrez,
pero no sabrás qué decir
cuando te hiera la rosa
y brote de tu dedo
la sangre jubilosa.
Ten presente esto:
la muerte es imprecisa como el gozo.
No repitas tu nombre cerca de la columna.
Ven:
desandemos el camino de la noche;
así confundiremos las etapas.
Llegaremos al puerto en la mañana
y luego navegaremos
sin saber a dónde.
Ven,
caminemos bajo un cielo de junio.




Adviento, por Salvador Elizondo

Los sueños no resuelven los enigmas del mar.
Los marineros aprendieron a olvidar
indiferentemente;
por eso cuando juegan a los dados
en el muelle, cuando termina el día,
sueñan en una nueva nave
y en una nueva travesía.
Si el tiempo, como dicen, fuera la esencia del sueño
y en él los marineros se movieran
a través de los días y las noches cuadradas,
a través de las buenas y malas intenciones
de un enemigo incierto
-más precavido, aunque menos experto-
cruzarían el tablero
temerosos del destino inseguro de las piezas
y llegarían al fin de la partida
como se llega al fin de la jornada:
esto es, sin esperanza.
Por eso en la noche,
cuando el tiempo es más torpe, pero más evidente,
la rosa pierde un grado
de su significado
y medra en la penumbra que ciñe los tibores
como un pájaro helado
congelado su vuelo en la frialdad del sueño.
Y el tiempo, bienhechor de mendigos,
propiciador de los que entienden del mercado de cambios,
pierde la concreción de su sabiduría
en los meandros de la geometría.
Los relojes se paran de improviso
desorientados en la medianoche
por algo
que hace un momento
definitivamente
no existía.

Crimen, por Salvador Elizondo

Te reconocerán los asesinos
cuando cruce tu rostro el umbral del espejo.
Entonces olvidarás las letras de mi nombre.
Sí; la noche es como un mar.
Las palabras que digas
cuando roce tu cuerpo la mano del extraño
se quedarán girando en el florero.
Ten cuidado de llevar los dedos en cruz
cuando ruede tu cuerpo los peldaños.
Al alba, desde el puente, te miraré pasar
y cruzaré las mismas calles que cruzaste
tratando de olvidar.
Los espejos entonces
reflejarán mis ojos como si fueran de otro
y otra vez por la puerta insegura
se meterá en la casa la noche como un mar.